|
Transeúntes |
|
|
|
Viernes, 27 de Noviembre de 2009 21:03 |
|
Siempre hay ocasiones para demostrar nuestra bondad, porque los malos no somos nosotros, sino los demás.
Imaginémonos a un señor o señora que vaya paseando tranquilamente por una de las calles de la ciudad y que se le acerca un coche y que, después de bajar la ventanilla, desde el interior le preguntan por una dirección. Lo normal es que la persona inquirida señale con un dedo, nunca se sabe cuál, el lugar donde se encuentra la dirección buscada, que el coche, tras dar muestras de gratitud, se dirija hacia aquel lugar y que todos sean felices y coman perdices, como en el cuento. Imaginémonos que la persona que ha sido enviada hacia la dirección pedida no lo encuentra o se pierda por el camino, algo probable, porque perderse en la ciudad es un arte tan noble como encontrar la calle o la avenida buscada, y a veces más, según las horas. El señor o la señora puede que se enfade o no. Pero imaginémonos que se agarra un cabreo de, pongamos un ejemplo, de archiduque engañado, y que decida vengarse. Buscará a la persona que le ha indicado la dirección equivocada; y, cuando la encuentre, pocas opciones le quedarán, o bien le echará en cara el desliz y la consiguiente perdida de tiempo; o, es un suponer, la meterá en el coche y la llevará a un alejado descampado donde la dejará sola.
Dicha persona, una vez liberada de sus temores, no tendrá más remedio que preguntar a un transeúnte por el camino de regreso a su casa, con lo que volvemos a iniciar este cuento de nunca acabar. |
|
Armonía |
|
|
|
Viernes, 20 de Noviembre de 2009 20:52 |
|
La ciudad ideal es un cuerpo vivo y unido por diferentes hilos, a veces invisibles. Lo que le sucede a uno cualquiera de sus ciudadanos acababa repercutiendo en la comunidad, de la misma manera que un golpe en un brazo afecta al resto de los órganos. En la antigüedad clásica, la empatía hacia los demás era el valor pilar de la ciudadanía.
Sin embargo, da la impresión de que en una sociedad larvada por conflictos internos de difícil solución, la cortesía fue sustituyendo paulatinamente a la empatía. La gente dejó de soportarse, algo inevitable, dicen, cuando la convivencia excesiva y la familiaridad van aflorando lo mejor de cada uno, y lo peor, en el caso de que lo mejor no exista, o haya desaparecido, por circunstancias de las que sólo el tiempo y la fortuna son testigos. Pero mantuvo la cortesía, la cortina de la apariencia, que esconde la desaparición de los demás valores, incluso el de la tolerancia. Había mucho de juego, por supuesto, en todo ello, un acuerdo sobre la necesidad de lo epidérmico, una gran dosis de hipocresía formal. Lo cortés no quita lo valiente, claro. Don Quijote es el ejemplo del caballero, cortes pero valiente, ma non tropo.
Poco a poco la valentía, que es siempre atrevida, se hizo hegemónica en la ciudad. Los valientes dejaron de ser corteses, no tenían ninguna necesidad; y los corteses dejaron de ser valientes, y se escondieron, por necesidad evidente, en el fortín del arte. De entonces nos viene esa nostalgia por lo sublime, por lo delicado, por lo armonioso. |
|
|
Gaviotas |
|
|
|
Viernes, 13 de Noviembre de 2009 20:33 |
|
El hombre ha subido lentamente hasta la colina. Desde las alturas se divisa el barrio, como no es, y las casas parecen de chocolate, surgidas de un sueño. También se ve un trozo de mar, azul, como corresponde. Le gusta demorarse en esa altura. Hay un pequeño parque, donde juegan los perros, y también los adultos que tienen mente de niños, y, a veces, aparecen niños que quieren ser adultos. Ha visto a cazadores con sus escopetas, perros nerviosos que husmean en el viento el rastro de la presa. Se escuchan algunos tiros, muy dispersos y lejanos, como fuegos de artificio del otoño.
El hombre anda un rato y se sienta debajo de una encina. De pronto aparece un helicóptero de la policía, que comienza a dar vueltas, sin parar. No le extraña la aparición, los helicópteros fueron hechos para volar, y para dar vueltas, como libélulas de hierro que son. Después aparece una gaviota, majestuosa. Hay un momento en que máquina y ave se contemplan y se superponen; y hay un momento en que se desafían. El helicóptero comienza su marcha acelerada y descendente. La gaviota no quiere dejarle ganar y se lanza detrás. Ambas especies corren sobre un cielo del que han desaparecido posibles competidores: palomas torcaces y gorriones.
El hombre, desde su altura, no puede ser testigo de la contienda; la naturaleza le oculta el desenlace. Pero cuando vaya a la plaza dirá que hay una gaviota en el barrio que ha desafiado a un helicóptero y que ha visto a ambos deslizarse por la cuesta abajo de la eternidad y desparecer en el mar cercano. |
|
Atraco |
|
|
|
Miércoles, 11 de Noviembre de 2009 20:28 |
|
Han atracado la sucursal y alborotado la vida del barrio. Un vecino decía: “Iba a meter dinero, pero creo que van a tener que esperar”. Otro le contestaba: “Yo iba a sacarlo, pero voy a tener que dejarlo para otra ocasión”. Fue de madrugada, a la hora en que se cometen los pecados y se piensan los buenos actos de caridad. Hicieron un agujero y entraron sin que nadie lo notara. Profesionales. Todos esperamos que la empleada se haya repuesto del susto y del golpe que le han dado.
Pero hay uno que ha disfrutado más que los demás. Lo han entrevistado para una televisión de ámbito estatal. “He tenido que repetir mis palabras como diez veces. No quedaban conformes con lo que decía. Creo que sospechaban de mí”, confesaba orgulloso de su proeza retórica. Y para celebrarlo ha invitado a una ronda, a cambio de escuchar su historia, que es larga y prolija y sólo toca tangencialmente lo sucedido en el banco. Simplemente pasaba por allí. “Había policía de todos los cuerpos y de todas las almas. Y unos señores con trajes caros oscuros que parecían salidos de CSI, esa serie americana”, añade.
Se le nota la afición. Mira al televisor que preside el establecimiento y se ruboriza. “Ahí saldré yo, dentro de nada”, comenta y se emociona. Cierra los ojos y sueña. “Y luego iré a la tertulia y conoceré a la Belén Esteban”. El aparato, imparable, está emitiendo su señal. El hombre ha dado la espalda al mundo y a la carne que se exhibe en todo su esplendor sobre la barra. Y alza un dedo largo hacia el plasma y susurra: “¡Mi casa!” |
|